(es it) Gabriela – Cuando los animales deciden rugir juntos

En memoria del Punki Mauri

“El día aparece lento sobre las tumbas, mis tumbas, ya no hay nada más que decir, nada más que relatar. Yo no sé cuándo morí, no sé el momento exacto en que desaparecí de todo ello. De un tiro, de pena o melancolía, de una sobredosis de imágenes, de una cosa que nunca llegué a entender, quien sabe.

No tengo conciencia de mi muerte porque de tanto verla dejé de creer en ella. Lo seguro es que en algún momento me extinguí como todos mis hermanos. No me vi tumbado ni en una montaña ni en una calle, no caí gritando consignas ni acerando un compromiso. Tal vez solo fui el sueño de alguien o el presentimiento de un perro.

Pude haber sido cualquier cosa, sin embargo viví lo más asombroso de la vida y esto es saberse vivo en cualquier sitio…”

Ricardo Palma Salamanca

No necesito cerrar los ojos para traer a mi vida al Punki, pero sí tengo que respirar profundo, tragar grandes bocanadas de aire para desacelerar el ritmo del corazón.

Se cumplen ya tres años desde que abandonó éste mundo a la 1:24 de la madrugada del 22 de mayo, en plena acción, el artefacto detona y el Punki se nos va.

No habrá nunca palabras para expresar a cabalidad todo lo que sentimos desde ese día, toda esa masa negra de sentimientos que se gestó cuando supimos la noticia. Y podría quedarme en esa frustración de no poder expresar los sentimientos, pero prefiero embarcarme en la aventura de navegar sin miedo, mirando a la cara a mis demonios. Romper el silencio y gritar su nombre una vez más. Porque siempre está aquí, porque siempre estará mientras queden personas dispuestas a nombrarlo, a evitar que un 22 de mayo transcurra como un día normal.

Recuerdo que al conocerlo lo detesté casi en el acto. Entró en mi casa con arrogancia y su corona de soberbia, sin saludar, sin detenerse siquiera a dar un “buenos días”, nada. Vestido de payaso se colgó de una barra de flexiones y ahí se quedó, para luego comentar que era muy pequeña y que él hacía unas mejores… Hasta el día de hoy creo que dijo eso porque no podía seguir flexionando los brazos de cansado y para no quedar mal ante las personas que lo acompañaban, prefería insultar al aparato.

Así es el Punki, siempre buscando una salida graciosa y divertida a una situación que lo pone en desventaja, siempre plagado de humor negro y esa risa burlona que sacaba sólo con el afán de molestar.

Alguna cosa desagradable le habré contestado yo, para bajarle un poco los humos y se terminó alejando sin decir nada más.

Ese fue nuestro primer encuentro, mostrándonos los dientes. Fue un gran comienzo, es indudable.

Con el tiempo comprendí que esa arrogancia era sólo su careta, la máscara que se ponía cuando enfrentaba algo nuevo, tenía esa actitud, tan teatral sólo para esconder que algo lo ponía nervioso o avergonzaba. O sea, era un pesado, no tiene defensa, pero no era el soberbio payaso que vi la primera vez, era más bien un payaso humilde y medio tristón.

Creo que el siguiente encuentro fue diferente, me dejó esa sensación de que el tipo era un ecléctico, que era un disparate con nobles sentimientos. Me invitaron a una “actividad” que no era más que un derroche de alcohol y música estridente, pero de pronto una especie de presentador pide un momento para presentar a un compañero que leía poesía. Nadie interrumpió ni su cerveza, ni su conversación, nadie reparo siquiera en el sujeto de camisa, abrigo, pelo al viento que agarrado del micrófono comenzaba a leer poemas.

Ese hombre era el Punki, que con voz cargada de sentimiento leía en medio del barullo de la fiesta universitaria. Él parecía abstraerse a un entorno que lo ignoraba y proseguía su lectura con la misma pasión de un inicio, luego algunos borrachos comenzaron a gritarle cosas, bromas pesadas y a burlarse de su ropa (cosa que sucedía muy a menudo).

Creo que hasta alguien fue a intentar quitarle el cuaderno de poemas, “queremos música” gritaban. Intentaron desconectarle el micrófono y claramente les importaban un carajo los pensamientos del Punki, pero él siguió leyendo no sé si en un acto de valentía o de obstinación, pero terminó su lectura y dijo: “muchas gracias”. Lo seguí con la mirada hasta que se alejó y supongo que fue la primera vez que solidaricé con él.

Para un 1° de Mayo me lo encontré todo punk cocinando y revolviendo la olla común.

Me pidió que me acercara para conversar y cuál de los dos fue más hostil con el otro,…qué risa. Me contó que estudiaba Historia y que quería llevar algunos niños a la biblioteca de la casa, para que conocieran el espacio. Yo lo debo haber mirado con extrañeza, porque nada en él me cuadraba con la primera impresión; en realidad, nada cuadraba con nada. Un punk, payaso, revolviendo una olla común, hablándome de su carrera y los niños que quería llevar, siempre rompía esquemas, se salía de cualquier molde, hasta el de él mismo.

La conversación no pudo terminar porque las fuerzas policiales cercaron la plaza y la gente comenzó a inquietarse, luego se desató una pelea y un insecto delirante intentó apuñalarme para goce y deleite de muchxs que hoy se quedan calladxs, intentando que se olvide su amistad con seres indignos, pero el tiempo no borra todo, claro está.

Costó que tuviéramos cercanía, pues éramos dos personalidades que chocaban siempre, enfrentándose, discutiendo, molestándose, siempre rebatiéndose. Pero así las cosas empezaron a fluir, cada unx aceptando la locura del otrx, la suya era peor, y eso hay que decirlo, al menos espero que en eso estemos de acuerdo, ¿o no, Punki? ¿Qué cosa me vas a discutir ahora?

Quizás fue la calle la que terminó por cimentar la confianza, encontrarnos en lugares, en marchas, en esos mítines tan necesarios pero que a la mayoría le aburren, portando lienzos, repartiendo propaganda. El Punki tenía claro la importancia de “ganarse” la calle y sabía que muchas veces había que arriesgarse e ir a meterse a las oficinas desde donde se decide el futuro de algunxs compañerxs, para que esas salas quedaran llenas de propaganda que exigía libertad y se materializara la frase de “nadie está solx”. Decirla, sin hacer absolutamente nada, no tiene validez alguna.

El Punki jamás se quedó en teorizaciones por internet o filosofando desde la casa, escondiéndose tras las palabras y sin una conexión real con la vida que transcurre afuera, siempre en una aparente “pose” de radicalidad. La radicalidad se da en la vida misma, en la ruptura permanente y total con el orden impuesto, con su cultura, su ideología, sus patrones de conducta. Mauri entendía que el terreno de acción es la vida toda y que los gestos concretos solidarios son la mejor respuesta al Poder.

Recuerdo cuando un compañero en prisión estaba en huelga de hambre, con un pequeño grupo de compas decidimos ir a meternos a un concierto a repartir propaganda y convocarlxs a una marcha que se realizaría en el centro de Santiago. Nos habían prestado un lienzo gigante, que cubría tres carriles de autos de la principal arteria de la capital, era un lienzo hermoso, pero terriblemente incomodo de llevar cuando el asunto se complicaba y había que huir.

Mauri llevaba el lienzo, en un bolsito que estaba a punto de reventarse por el peso.

Nos quedamos afuera repartiendo los panfletos y la gente comenzó a envalentonarse, a intentar entrar sin pagar, era mucha gente gritando y lanzando botellas a los pacos y nosotrxs en medio de todo, repartiendo panfletos contra la cárcel y el Estado, fue como llevar bencina a la fogata.

Los pacos huyeron y la gente parecía delirar de felicidad, saltando y gritando. Ahí estaba Mauri, en primera línea saltando con el bolso en la mano, el lienzo ya se salía y él lanzaba panfletos por los aires. Me río tanto recordándolo… el bolso había perdido una manija y el Punki parecía no prever que se caería en cualquier momento, él seguía saltando con su pelo al viento.

Arengaba consignas a la gente, unas 200 personas que comenzaron a avanzar, olvidándose del concierto y saliendo a buscar a las fuerzas de orden. Pero cuando éstas llegaron, todxs se fueron gritando despavoridxs, menos el Punki, él permaneció en su sitio, lanzando panfletos y gritando insultos a los pacos, arrastrando el bolsito o lo que quedaba de él.

Yo le gritaba desde un negocio donde tenía todos los panfletos, le gritaba que viniera, pero él ya no escuchaba, creo que ni siquiera se daba cuenta de que estaba solo. La camisa se le había abierto y era un personaje sacado de una película: su pelo mohicano al viento, arrastrando un bolso roto y la camisa abierta, mostrando el pecho al enemigo. ¡Ah! Qué daría yo por revivir ese momento.

En un momento es consciente de que lxs demás han huido, que están casi una cuadra más abajo. Gira y observa a todxs correr, los pacos están como a dos metros de él y se pone a gritar con todas sus fuerzas “¡vuelvan cobardes, enfrenten esto, vuelvan, no sean cobardes!”. Gritaba con todas sus fuerzas, levantando el puño y con una frustración enorme de que las personas que estaban con él en la calle se hubiesen ido sin más, era tanta su rabia que prefería insultarlxs a ellxs antes que a las fuerzas de orden. Me reconozco en ese gesto, sin duda, a mí me ocurre lo mismo.

Qué diría el Punki ahora, de tanta gente que simplemente siguió con su vidita o levantó discursos que en nada dañan al Poder, pues casi cuentan con su venia. Qué diría ahora de tanto puño caído y boca cerrada.

Me lo imagino escupiendo sobre quienes dejan en soledad a lxs procesadxs y sus procesos, a lxs enjuiciadxs y su juicios, a lxs que huyen y sus huidas, a lxs que se enfrentan y los golpes que reciben. Me lo imagino insultar a quienes se acomodan a “los nuevos tiempos”, no tan nuevos, de mediocridad y amnesia. Me imagino sus palabras de desprecio y eso disipa un poco la soledad de los gestos.

Ese día las fuerzas represivas continuaron su acostumbrado ritual: gas, carro lanza agua, piquetes de pacos. En la calle me encuentro con más compañerxs y buscamos al Punki. De entre el barullo se distinguía clara su voz, seguía gritando que volviera todo el mundo a enfrentar a los pacos y hacerlos huir.

Fuimos avanzando hacia él y ya estaba medio mojado, con la cara hinchada por los gases y con los pacos a un metro. Entonces, reacciona y se pone a correr hacia nosotrxs con todas sus fuerzas, pero el bolso se termina de romper y cae al suelo.

Podía ver con nitidez la cara de felicidad de los pacos en su certeza de que ya lo tenían, hasta estiraba los brazos el más gordito del piquete.

Mauri mira el bolso desecho y comprende que ese lienzo es un material casi histórico de la lucha contra la prisión, que ha vivido momentos memorables y encabezado situaciones dignas de un libro, así que se hace el ánimo y lo agarra casi volando, para reanudar la carrera. El lienzo mojado pesaba horrores, pero logró cargarlo y seguir corriendo, a la par que seguía gritando.

A mí se me llenan los ojos de lágrimas, pero de risa, de recordar ese momento como si fuera hace un instante atrás y de verlo ahí, tan delirante, tan lleno de vida y rabia, como nos reíamos después sentados en una vereda, creo que nunca dejé de molestarlo por ese incidente.

Luego nos enteramos que se habían llevado a una compita y fuimos a la comisaria a ver su situación y llevarle comida y ropa. El Punki entró haciéndose pasar por su pareja. Entró con la misma ropa mojada, rota y pasada a gas lacrimógeno y se puso a conversar con los pacos y a discutir sobre la violencia policial.

Ese es un rasgo característico en él, no se hacía problemas con hablar con nadie, podía sostener sus ideas ante quien fuera, buscando la discusión inclusive hasta con el contrario. Como cuando en una manifestación por el 4F se lo llevaron detenido y le repartió volantes a los lacayos de la comisaria, se puso a conversar de las relaciones de Poder y hasta estaba convenciendo a un paco jovencito que no era de la capital.

Ese es el Punki, el anarquista “antisocial” más sociable del mundo, en una de sus tantas e infinitas contradicciones. Si hasta podía cargarle las bolsas del mercado a cualquier viejita que lo necesitara, él se ofrecía sin más y conversaba con ella sobre el Estado y sus implicancias en la intimidad de la vida.

Saludaba a todo el barrio y era el amor de las señoras de edad, pues era atento y amable con ellas. Aun cuando muchas de ellas formaran parte de ese entorno social que valida al sistema capitalista, ya sea en su silencio o en su apoyo a los representantes de la clase dirigente. Pero el Punki no se mareaba con eso, era capaz de distinguir entre quien valida al capital en su vida cotidiana y entre quienes detentan el poder y lo ejecutan indiscriminadamente.

Recuerdo que pocas semanas antes de partir ese 22, cuidábamos unas plantas que me encantaban, las estábamos regando y Mauri suelta su botella con agua y se aleja, le pregunto qué sucede y me dice: “es que no quiero seguir, prefiero a las plantas carnívoras, ellas por lo menos hacen algo, te atacan, éstas no hacen nada y yo no respeto nada que no luche…”. Y se alejó… yo me quedé ahí sin saber si reírme o enojarme, mirando las plantas como disculpándome por la actitud tan poco amigable de Mauri.

Sin estar de acuerdo con su completa reflexión, si calé hondo la última frase, la modifico sólo un poco y la repito con fuerza: no respeto a nadie que no luche.

Hoy, a tres años de esa madrugada terrible, yo te recuerdo siempre, constantemente, defendiéndote y limpiando tu nombre, esforzándome expandir el recuerdo de como eras, como eres, por recordarte con vida y no con las imágenes que el Poder impuso sobre ti, en ese intento histórico porque lxs muertxs le pertenezcan y pueda hacer con ellxs lo que desee.

Mauri, seguirás siendo el compañero ecléctico, cargado de contradicciones, con un corazón muy noble y un humor delirante y tu risa burlona seguirá siendo la música de las mañanas. Rugiendo juntos, más allá de las diferencias.

Perteneces a la tierra, eres parte de ella, eres trueno, tormenta o lluvia, pájaro o planta carnívora, como sea eres fuerza indomable contra los designios del Poder.

Buen Viaje hermano, Buena Travesía.

Mi llamado sigue siendo a que no haya olvido, a que no haya resignación, con nada ni ante nadie.

Y mientras algunos imbéciles escriben que la solidaridad es una pesada cadena, yo paso por sobre eso, pisoteándolo y extiendo mi saludo cargado de fuerza, honor y coraje a lxs compañerxs de la venganza judicial del Caso Bombas, a los compañeros del Caso Security en estos momentos tan difíciles, a Carla e Iván que transitan por los caminos carcelarios, a Tortuga pronto a cumplirse un año de esta etapa tan dura.

A todxs lxs prisionerxs en lucha a lo largo del mundo.

En especial solidaridad y atención a los compañeros Alexis Cortés y Jorge Salazar que se enfrentan al Poder más allá de las consignas, más allá de las ideologías. Con una cifra de recompensa sobre sus cabezas y siendo rastreados por un amplio operativo policial en el sur de Chile y Argentina, ante la indiferencia de un medio que parece olvidar que es estar y vivir contra la autoridad.

Mucha fuerza a ellos y sus familias, esperando que se disipe el silencio y que los asesinos no den con ellos jamás.

Gabriela.

“…Lucho para vivir y vivo para luchar…”

http://culmine.noblogs.org/2012/05/21/gabriela-cuando-los-animales-deciden-rugir-juntos/#more-15453

 

Gabriela – Quando gli animali decidono di ruggire insieme* (nota di Culmine)

In memoria del Punki Mauri

“Il giorno appare lento sulle tombe, le mie tombe, non c’è più niente da dire, niente da raccontare. Non so quando sono morto, non ricordo l’esatto istante in cui sono scomparso da tutto ciò. Per uno sparo, per la pena o malinconia, un’overdose d’immagini, di un qualcosa che non son mai arrivato a capire, chi lo sa.

Non ho coscienza della morte perché vedendola tanto ho smesso di credere in essa. Quel che è certo è che in qualche momento mi sono estinto come tutti i miei fratelli. Non mi sono visto abbattuto né in una montagna, né in una strada, non son caduto gridando slogan né dando forza ad un impegno. Forse sono solo stato il sonno di qualcuno o il presentimento di un cane.

Può esser stata qualsiasi cosa, ho comunque vissuto la parte più strana della vita e questo è sapersi vivo in qualunque posto…”

Ricardo Palma Salamanca

Non ho bisogno di chiudere gli occhi per trarre alla mia vita il Punki, ma certo devo respirare profondamente, deglutire grandi boccate d’aria per decelerare il ritmo del cuore.

Son già tre anni da quando ha abbandonato questo mondo, all’1.24 della notte del 22 maggio, in piena azione, l’ordigno scoppia e il Punki se ne va.

Non ci saranno parole a sufficienza per esprimere con esattezza tutto quel che abbiamo provato quel giorno, tutta quella nera massa di sentimenti che ci colpirono quando abbiamo saputo la notizia. E potrei restare in quella frustrazione di non poter esprimere i sentimenti, ma preferisco imbarcarmi nell’avventura di navigare senza paura, guardando in faccia i miei demoni. Spezzare il silenzio e gridare ancora una volta il suo nome. Perché lui è sempre qui, perché vi resterà sempre fino a che ci saranno delle persone disposte a nominarlo, ad evitare che un 22 maggio trascorra come un giorno normale.

Ricordo che quando lo conobbi lo detestati quasi all’istante. Entrò con arroganza nella casa occupata, con gran superbia, senza salutare e senza fermarsi a dare un “buongiorno”, nulla. Vestito da pagliaccio s’è appeso ad una sbarra per le flessioni ed è rimasto lì, per poi commentare che era molto piccola e che lui ne faceva di migliori… Ancora ad oggi penso che lo disse perché non poteva continuare a fare le flessioni, ma per non far brutta figura con quelli che l’accompagnavano preferì insultare l’attrezzo.

Così era il Punki, cercando sempre una via d’uscita carina e divertente dinanzi ad una situazione che lo poneva in svantaggio, sempre pervaso da un humour nero e da un sorriso burlone che tirava fuori solo con lo scopo di molestare.

In quell’occasione gli risposi con qualcosa di sgradevole, per fargli abbassare la cresta, e lui s’allontanò senza dire altro.

Quello fu il nostro primo incontro, mostrandoci i denti. Un grande inizio, indubbiamente.

Col tempo compresi che quell’arroganza era solo di facciata, era la maschera che indossava quando doveva affrontare qualcosa di nuovo. Aveva quest’atteggiamento, così teatrale, solo per nascondere che qualcosa lo rendeva nervoso o lo faceva vergognare. Era peso, non ci sono dubbi, ma non era il pagliaccio superbo che vidi la prima volta; era piuttosto un umile pagliaccio e alquanto triste.

Ricordo che il secondo incontro fu diverso, mi lasciò la sensazione che il tipo fosse un eclettico, un folle con dei nobili sentimenti. Mi invitarono ad una “iniziativa”, non era altro che un recital con fiume d’alcol e musica stridente, ma di colpo una specie di presentatore chiese un minuto di attenzione per introdurre un compagno che avrebbe letto delle poesie. Nessuno interruppe la sua birra, la sua conversazione, nessuno prestò attenzione al tipo con camicia, cappotto, capelli al vento che aggrappato al microfono iniziava a leggere poesie.

Quell’uomo era il Punki che, con voce carica di sentimento, leggeva nel mezzo della confusione della festa universitaria. Egli sembrava astrarsi davanti ad un ambiente che lo ignorava e continuava la sua lettura con la stessa passione dell’inizio, poi alcuni ubriachi iniziarono a gridargli qualcosa, a sfotterlo in maniera pesante ed a schernirlo per come era vestito (cosa che accedeva spesso).

Qualcuno tentò persino di strappargli via il quaderno di poesie. Altri gridavano “vogliamo musica”, cercarono di scollegare il microfono e nessuno tra essi era affatto interessato ai pensieri del Punki; ma lui continuò a leggere. Non saprei dire se si trattò di un gesto di coraggio o di ostinazione, ma concluse la lettura e disse “molte grazie”. Lo seguii con lo sguardo finché non s’allontanò e suppongo che quella fu la prima volta in cui solidarizzai con lui.

Durante un 1° Maggio, mentre cucinavo, lo ritrovai come un punk che rovistava nel cibo che si stava preparando.

Mi chiese di avvicinarmi per conversare e non ricordo quale dei due fu più ostile; che ridere. Mi raccontò che studiava Storia e che voleva portare alcuni bambini alla biblioteca della casa occupata, in modo che conoscessero lo spazio. Devo averlo guardato in modo strano, perché nulla in lui tornava con la prima impressione, insomma nulla tornava con nulla. Un pagliaccio punk, che frugava nel cibo, parlandomi dei suoi studi universitari e dei bambini che voleva portare. Egli rompeva sempre gli schemi e non rientrava in nessuno stampo, nemmeno il suo.

La conversazione non terminò perché le forze di polizia circondarono la piazza e la gente iniziò ad inquietarsi, in seguito si scatenò una rissa ed un delirante insetto cercò di pugnalarmi, per il diletto dei tanti che sono rimasti a bocca chiusa, cercando che ci si dimentichi degli esseri indegni, che ci si dimentichi della loro amicizia con esseri indegni, ma il tempo non cancella tutto.

Con il Punki, ci è costato stare vicini, perché eravamo due personalità che sempre si scontravano, discutendo, dandosi fastidio, ribattendosi. Ma in questa maniera le cose iniziarono a fluire, ciascuno accettando la follia dell’altro, anche se bisogna dire che la sua era peggiore, d’accordo su questo, Punki? Cosa rispondi adesso?

Forse è stata la strada a cementare la fiducia, a farci incontrare in luoghi, in cortei, in presidi così necessari e dove la gran parte della gente si annoia nel portare striscioni e nel diffondere la propaganda. Il Punki aveva ben chiara l’importanza di “guadagnarsi” la strada e sapeva che molte volte bisognava correre il rischio ed andare in quegli uffici in cui si decide il futuro di alcuni compagni, in modo che quelle stanze si riempissero di propaganda che esigeva la libertà e si materializzasse la frase “nessuno è solo”. Dirlo senza fare assolutamente nulla, non ha alcuna validità.

Il Punki non s’è mai soffermato nelle teorizzazioni su internet o filosofando dal nostro posto occupato, nascondendosi dietro le parole e senza alcuna connessione reale con la vita che trascorre all’esterno, con un atteggiamento di radicalità. La radicalità viene dalla vita stessa, dalla rottura permanente e totale con l’ordine imposto, con la sua cultura, la sua ideologia ed i suoi padroni di condotta. Mauri capiva che il terreno d’azione è la vita tutta e che la azioni veramente solidali sono la miglior risposta al potere.

Ricordo quando un compagno in prigione era in sciopero della fame e, con un piccolo gruppo di compagni, abbiamo deciso di entrare in un concerto per diffondere propaganda e convocare la gente ad un corteo che si sarebbe svolto nel centro di Santiago. Ci avevano prestato uno striscione gigantesco, capace di coprire tre carreggiate della principale arteria della capitale. Era uno striscione bello, ma terribilmente scomodo da portare, a maggior ragione quando si doveva fuggire.

Mauri portava questo striscione in una piccola borsa che era sul punto di cedere per il peso.

Noi eravamo all’esterno diffondendo i volantini e la gente iniziò a prendere coraggio, a cercare di entrare senza pagare. Tanta gente che gridava e lanciava bottiglie sugli sbirri e noi eravamo nel mezzo, diffondendo volantini contro il carcere e lo stato. Fu come gettare benzina sul fuoco.

Gli sbirri fuggirono e la gente sembrava delirare per la felicità, saltando e gridando. Lì c’era Mauri, in prima linea saltando con la borsa in mano. Lo striscione usciva fuori e lui lanciava i volantini in aria. Sorrido quando lo ricordo. La borsa aveva perso una maniglia ed il Punki sembrava che non prevedesse che avrebbe ceduto in qualche istante. Egli continuava a saltare con i capelli al vento.

Scandiva slogan. Circa 200 persone iniziarono ad avanzare, dimenticandosi del concerto e andando a cercare le forze dell’ordine. Ma quando queste arrivarono, se ne andarono tutti gridando, spaventati, tutti meno il Punki che rimase sul suo posto, lanciando volantini e gridando insulti agli sbirri, trascinando la borsa e quel che ne rimaneva.

Da un negozio, in cui avevo tutti i volantini rimanenti, gli gridai che venisse da noi, ma egli non ascoltava. Penso che nemmeno si rendesse contro che era rimasto solo. La camicia s’era aperta e sembrava un personaggio da pellicola: i capelli alla moicana al vento, trascinando una borsa rotta e la camicia aperta, mostrando il petto al nemico. Ah, cosa darei per rivivere quel momento.

Ad un certo punto si rese conto che gli altri erano fuggiti, che si trovano a circa un centinaio di metri. Si girò ed iniziò a gridare con tutte le sue forze “tornate codardi, affrontateli, tornate, non siate codardi!!!”. Gridava con tutte le forze, levando il pugno in aria e con una gran frustrazione per le persone che se n’erano andate. Era tanta la sua rabbia che preferiva insultare essi piuttosto che le forze dell’ordine. Mi riconosco in quel gesto, assolutamente, a me accade lo stesso.

Cosa direbbe il Punki adesso di tanta gente che ha semplicemente continuato con la sua vita o porta avanti discorsi che non danneggiano affatto il potere, che quasi contano sulla sua venia. Cosa direbbe adesso di tante braccia conserte e di bocche chiuse.

Me l’immagino sputando su quelli che hanno lasciato soli gli indagati e i processati, i latitanti e quelli che oggi si scontrano, ricevendo colpi. Me l’immagino insultare quelli che si accomodano ai “nuovi tempi”, non tanto nuovi, di mediocrità e di amnesia. M’immagino le sue parole di disprezzo e ciò dissipa un po’ la solitudine delle azioni.

Quel giorno le forze repressive continuarono come son solite fare: gas lacrimogeni, idranti, posti di blocco. Per strada ritrovai gli altri compagni ed insieme cercammo il Punki. Da tutto il casino si distingueva chiaramente la sua voce, continuava a gridare in modo che tornassimo a scontrarci con gli sbirri ed a farli scappare.

Avanzammo fino a lui e lo vedemmo bagnato, con la faccia gonfia per i gas e gli sbirri a un metro. Solo allora reagì ed iniziò a correre verso di noi, ma la borsa si ruppe definitivamente e cadde a terra.

Vidi nitidamente la faccia gioiosa degli sbirri, sicuri d’averlo preso. Il più grosso del plotone stava già allungando le mani.

Mauri guardò la borsa distrutta e comprese che quello striscione era una materiale quasi storico della lotta contro la prigione, che aveva vissuto momenti memorabili, capeggiando situazioni degne di un libro. Ed è così che riprese coraggio e l’afferrò quasi al volo, per riprendere la corsa. Lo striscione bagnato pesava tantissimo, ma riuscì a portarlo e mentre correva continuava lo stesso a gridare.

Mi si riempiono gli occhi di lacrime, ma per il riso, nel ricordare quel momento come se si trattasse di un istante fa. Nel vederlo così, tanto delirante, tanto pieno di vita e di rabbia, ridemmo moltissimo una volta seduti sul marciapiede. Credo che non smisi mai di molestarlo per quell’incidente.

In seguito venimmo a sapere che avevano beccato una compagna e andammo al commissariato per vedere come stava e portarle dei vestiti e da mangiare. Il Punki entrò facendosi passare per il suo compagno. Entrò con gli stessi vestiti bagnati, rotti e impregnati di lacrimogeni, e si mise a conversare con gli sbirri ed a discutere sula violenza della polizia.

Questa era una sua tipica caratteristica. Non si faceva scrupoli nel parlare con nessuno, poteva sostenere le sue idee con chiunque. Come quando durante una manifestazione solidale con i 4F venne fermato ed egli diffuse volantini anche ai servi del commissariato, conversò sulle relazioni di potere e stava per convincere un giovane sbirro che non era della capitale.

Questo è il Punki, l’anarchico “antisociale” più socievole del mondo, in una delle sue tante ed infinite contraddizioni. Egli aiutava qualsiasi vecchietta che avesse avuto bisogno di una mano per portare le borse della spesa a casa, e poi si metteva a parlare con esse sullo Stato e sulle sue implicazioni nell’intimità della vita.

Salutava tutto il quartiere ed era l’amore delle signore anziane, perché era amorevole e attento ad esse. Anche quando queste stesse signore spesso facevano parte di quell’insieme sociale che convalida il sistema capitalista, o con il silenzio o con il sostegno ai rappresentanti delle classi dirigenti, ma il Punki non se ne importava. Egli era capace di distinguere tra chi mantiene il capitale nella sua vita quotidiana e quelli che detengono il potere e lo mettono in atto in maniera indiscriminata.

Ricordo che, poche settimane prima di andarsene quel 22, stavamo innaffiando alcune piantine che m’incantavano. Ad un certo punto Mauri gettò la bottiglia d’acqua e s’allontanò. Gli chiesi il perché e mi disse “è che non voglio continuare, preferisco le piante carnivore, per lo meno fanno qualcosa, ti attaccano, queste non fanno nulla ed io non rispetto nessuno che non lotti”. … e s’allontanò …io non sapevo se ridere o arrabbiarmi. Guardai le piante, come per chiedere scusa per il comportamento così poco amichevole del Mauri.

Senza esser d’accordo con la sua riflessione, quella frase mi restò impressa. La modifico solo un po’ e la ripeto con forza: non rispetto nessuno che non lotti.

Oggi, a tre anni da quella terribile notte, ti ricordo sempre, costantemente, difendendoti e lustrando il tuo nome, sforzandomi di diffondere il ricordo di come era, come eri, per ricordarti in vita e non con le immagini che il potere ha edificato su di te, in quel tentativo storico affinché i morti appartengano ad esso e ne possa fare quel che vuole.

Mauri, continuerai ad essere il compagno eclettico, pieno di contraddizioni, con un cuore molto nobile ed un humour delirante. Il tuo sorriso burlone continuerà ad essere il sorriso delle mattinate. Ruggendo insieme, più delle differenze.

Appartieni alla terra, sei parte di essa, sei tuono, tormenta o pioggia, uccello o pianta carnivora; comunque sia, sei la forza indomabile contro i disegni del poteri.

Buon Viaggio fratello, buona Traversata.

Il mio appello continua ad essere a che non ci sia oblio, a che non ci sia rassegnazione, con nessuno e di fronte a nessuno.

E mentre alcuni imbecilli scrivono che la solidarietà è una condanna pesante, io ci passo sopra, calpestando questo giudizio ed invio il mio saluto carico di forza, onore e coraggio ai compagni della vendetta giudiziaria del caso bombas, ai compagni del caso security in questi momenti difficili, a Carla e Ivan che transitano per i cammini carcerari, a Tortuga a quasi un anno da questa tappa così dura.

A tutti i prigionieri in lotta per il mondo.

In particolare, solidarietà ed attenzione ai compagni Alexis Cortés e Jorge Salazar che affrontano il potere ben oltre gli slogan, ben oltre le ideologie. Con una taglia sulle loro teste e rastrellati da un enorme dispositivo delle forze di polizia del Cile e dell’Argentina, dinanzi all’indifferenza di un ambiente che sembra dimenticare cosa significhi stare e vivere contro l’autorità.

Tanta forza ad essi e le loro famiglie, sperando che si dissipi il silenzio e che gli assassini non li prendano mai.

Gabriela

“…Lotto per vivere e vivo per lottare…”

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* nota di Culmine per i compagni italiani: Gabriela è una compagna cilena riuscita fortunatamente a sfuggire alla razzia repressiva del 14 agosto 2010, ossia alla chiusura di alcuni centri occupati di Santiago e gli arresti che hanno dato vita al denominato caso bombas. Gabriela è da allora latitante, ma quando può fa sentire la sua voce. La compagna viveva nel cso Sacco y Vanzetti e in questo scritto ricorda quando ha conosciuto il Punki Mauri, proprio all’interno di tale spazio.

Una ulteriore annotazione. Gabriela nomina due militanti cileni, Alexis e Jorge, attualmente ricercati. Dei due militanti ne parla anche Marcelo Villarroel nel suo ultimo comunicato. Si tratta di due militanti della sinistra rivoluzionaria che, il 7 marzo di quest’anno, furono fermati in un posto di blocco argentino, nei pressi della frontiera con il Cile. Ne scaturì una sparatoria in cui rimase ucciso un poliziotto argentino e da quel momento è iniziata una delle più grandi operazioni di polizia tra la Argentina ed il Cile, con l’impiego di elicotteri, corpi speciali e persino con la taglia di 50.000 dollari per chiunque riesca a catturarli. Per fortuna, i due sono ancora liberi.

http://culmine.noblogs.org/2012/05/27/gabriela-quando-gli-animali-decidono-di-ruggire-insieme-nota-di-culmine/#more-15601

 

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