La Memoria como Acción – Nosotros y los muertos que se los llevó el viento

Escritos en memoria de nuestra querida compañera Claudia López.

Enviado a nuestro correo electrónico por

Algunos insurreccionalistas que no claudican.

“¿Cúantos son los muertos que han caído producto de las balas y las armas de los defensores del orden existente? ¿Cúantos otros han elegido un camino cuya siguiente parada sea ésta? o ¿Cúantos más han muerto sin el llanto de sus seres queridos porque sencillamente no los tenían bajo el lodazal de la aberración social ? Muchos, millones, incontables…Quizás una pregunta sin respuesta, ya que de nada nos sirve enumerarlas y darles un nombre a cada una de estas muertes, sin darse cuenta que ellas vienen engendradas por un sistema esclavista y criminal que intenta borrar cualquier atisbo de humanidad. ¿Por qué hablar de muertos cuando nuestros actos son para darle vida y continuidad a lo mas hermoso del vivir? Sencillamente porque la memoria y el recuerdo no pueden ir ligados a algo artificial (o superficial) sino a cosas tangibles, a la realidad pura en que vivimos. Es en este sentido, que nuestra memoria no es simplemente el recuerdo de viejas épocas, como batallas de guerra sino del más bello presente cargado de rebeldía indómita que destruye la amnesia social en la que vivimos. Esta es la única forma de romper el aislamiento, el olvido al que nos obligan y brindarles la exquisitez de la rebelión. Y aún me pregunto, ¿Cúantos muertos son? o mejor dicho ¿Cúantos más serán?…

La memoria histórica no sirve de nada si no va cargada de un componente directo que enfrente la autoridad de nuestro tiempo, si se eleva ante todo la imagen más que los actos y su contenido, si se relega el recuerdo a un minúsculo ghetto de amigos y conocedores, en definitiva: si ésta no ataca la realidad concreta, esa que intentan maquillar con docilidades y “hacernos creer que éste es el mejor de los mundos posibles”, pero ¡no! somos hijos rebeldes y subversivos.

Han pasado casi 13 años desde que un 11 de Septiembre de 1998 caíste bajo las balas policiales mientras combatías en una de la tantas barricadas que aquella noche ardian como lo hacen hoy nuestros corazones. Caíste en tu última danza de guerra, aquella que brillará para siempre en el recuerdo de quienes tomamos tu vida como un ejemplo de combate en el presente. Ni mártir ni martirilogio; simplemente reproducción y contagio de lo más hermoso ( y duro) del combate. Jamás heroína, simplemente una de las tantas (y tantos) que sacaron las lecciones más duras de la historia: asumir su responsabilidad dentro del espectáculo estatal y combatirlo hasta las últimas consecuencias.”

(del prólogo de la publicación)

 

Descargar aquí:

http://www.mediafire.com/?l4kakrxela6n49w

 

N. de R: Al conmemorarse otro 29 de marzo, en que las barricadas volvieron a iluminar los territorios y muchos recordaron en la calle a los combatientes caídos, un compañero nos envió este escrito a nuestro correo electrónico. En el, se narran los trágicos días de la muerte y el funeral de nuestra querida compañera Claudia López, en septiembre de 1998.
¡JUVENTUD COMBATIENTE, INSURRECCIÓN PERMANENTE!

Nosotros y los muertos que se los llevó el viento

Viviendo del recuerdo, amamantándome
del recuerdo, el recuerdo me envuelve y al retornar a la gran soledad de la adolescencia,
padre y abuelo, padre de innumerables familias,
rasguño los rescoldos, y la ceniza helada agranda la desesperación
en la que todos están muertos entre muertos,
y la más amada de las mujeres, retumba en la tumba de truenos y héroes
labrada con palancas universales o como bramando.
¿En qué bosques de fusiles nos esconderemos de aquestos pellejos ardiendo?
porque es terrible el seguirse a sí mismo cuando lo hicimos todo, lo quisimos
…………..todo, lo pudimos todo y se nos quebraron las manos,
las manos y los dientes mordiendo hierro con fuego

Pablo de Rokha

…todavía te veo en mis pesadillas con la cabeza reventada en aquella cuneta roja de sangre. Intento sacarte la cara del agua. No tengo fuerzas para levantarte y tú me dices, en un soplo: «Déjame, que ya estoy muerto.»
Jean Marc Roullian, Odio las mañanas.

Nuestra larga cuenta pendiente…
Recuerdo que el teléfono sonó temprano ese día para dar la terrible noticia: mataron a la chica Claudia…anoche…estaba en una barricada en La Pincoya… la mataron los pacos. El día se vino de pronto, como un golpe helado, directo al pecho. Ahora ella se explicaba los intensos dolores de estomago que prácticamente no la dejaron dormir. Y yo que le había echado la culpa al remedio que a veces cae mal, a unas cervezas que nos tomamos que estaban muy heladas, que esto y que lo otro. Cómo explicarlo, se supone que somos materialistas, que no creemos en esas cosas, pero eso casi sobrenatural, esa transmisión de energía te indicaba que a la misma hora que te retorcías de dolor era porque la policía asesinaba a nuestra amiga y hermana por la espalda y se desangraba lentamente sobre el frío pavimento. Tiempo después me acordé de algo que tenía como borrado. La misma noche que te mataban el 11 de Septiembre de 1998, habíamos ido a una barricada…otra barricada, no tan lejos de ahí. Al retirarnos e ir a comprar una cerveza, descubrimos a unos tipos de la Fach, puesto que había una población de la Fuerza Aérea cerca de ese lugar. Tenían una radiotransmisor scanner y escuchaban las frecuencias policiales y de bomberos, estaban atentos a una comunicación radial en que pedían una ambulancia para una persona gravemente herida, los tipos se metían a la comunicación y decían que le pegaran un balazo, se cagaban de la risa… ¿habrás sido tu? ¿A kilómetros escuchábamos como morías por la radio y una frecuencia policial? Tal vez no, tal vez era otro caso, nunca lo sabremos, pero coincidían las horas y las circunstancias.

Durante años me atormenté pensando como habrá sido en detalle ese último momento. Imaginaba cuando la bengala iluminó todo el cielo, la conversión de la noche en día para que los esbirros apuntaran bien, la aparición de los pacos y el grupo corriendo en estampida, atrás los disparos sonando y de pronto el golpe, sigues corriendo, pides ayuda, cada vez más débil, pides ayuda, los otros siguen corriendo, caes…todo se empieza a volver borroso, de pronto frío, la sangre que abandona tu delgadísimo cuerpo de bailarina…la última danza de guerra como pusimos en un afiche tomando prestado el título de la última presentación en vivo del grupo vasco Kortatu. Los asesinos de uniforme vienen de atrás y te rodean. ¿Habrás alcanzado a ver sus botas o ya tenias los ojos cerrados para siempre? ¿Habrás alcanzado a ver a esa vecina, tal vez más valiente que tantos que vociferaron y lanzaron promesas de combate de por vida que se llevó el viento? Esa señora que salió de su casa luego de las ráfagas de balas policiales y te ayudó… recuerdo que habló por un canal de TV: dijo que te ingreso al antejardín y te dio primeros auxilios… ¿Eras ya cadáver o habrás alcanzado a sentir la calidez de esa mujer y ese joven que sin conocerte acariciaban tu pelo y trataban que vivieras? Sé que no tiene sentido, que no vale la pena martirizarse pensando en esos detalles, que si pasó o no pasó, que porqué volvieron a la barricada, porqué no te ayudaron, porqué te quedaste tendida con tus poemas y la pañoleta en la mochila, un frasco de amoniaco, cosas que aprendiste en el “Peda” para defenderte de las bombas lacrimógenas… ¿o te lo enseñaron tus padres miembros del partido comunista? …qué paradoja… o te revoleteaba en ese momento tu tío detenido desaparecido por la dictadura de Pinochet o tus abuelos refugiados de la guerra civil española…sangre rebelde, carne de exiliados, refugiados, prisioneros, alambradas se mezclan con los pastos del pedagógico, olor a bencina, pintura spray y cervezas, tú siempre riéndote de las estupideces que inventaba, siempre tan desubicado, riéndose y echando la talla cuando había que ponerse serio. Yo siempre te veía reír con esas tonteras, esa risa fresca que se llevaron nuestros enemigos inmemoriales. Quién iba a pensar, en esas reuniones tan informales para la izquierda esclerótica, tan incendiarias para los reformistas de todos los pelajes y para los anarquistas buenos, aquellos que no quieren poner en peligro el orden, sólo hacer un movimiento, cosas serias por supuesto, una plataforma, poder popular, sacar revistas, anarco sindicalismo, no sea que nuestros enemigos crean que intentamos tratarlos como enemigos. Quién iba a pensar que te convertirías en símbolo y que después vendría toda una camada de jóvenes muertos por las balas de la democracia. Es cierto, antes ya habían caído los compañeros rodriguistas, del MIR y del Lautaro en medio de la indiferencia generalizada de la primera mitad de los años 90. Había vuelto la democracia y era menester cuidarla de los desadaptados, de las pobladas, de la turba que lo quería todo, los políticos que habían vuelto del exilio y otros que salían de las universidades con sus verdades reveladas acerca de la macroeconomía y cómo se hacen las transiciones a la democracia. España una vez mas sería el ejemplo de cómo se puede hacer que todo cambie para que nada cambie, besándoles los cochinos pies al rey que puso Franco. Acá era un poco peor incluso, no habría rey sino que era el mismo dictador el que supervisaría el proceso. Había que cuidar esta democracia que mantenía el sistema económico social de la tiranía pinochetista, había que cuidar a los ricos y los dueños del país, que en definitiva para ellos trabajan los políticos demócratas y los milicos con sus bayonetas. No lo digo yo, lo dicen los multimillonarios que años después declararían que “los empresarios amaban a Lagos”. Finalmente lo que se mantuvo fue el sistema económico social de la dictadura que luego perfeccionó y legitimó la democracia, lo que iniciaron los milicos con sus bototos y fusiles, lo terminaron los políticos de la democracia policial con sus ternos y corbatas italianas. Cuanta sangre rebelde se derramó y se fue por la alcantarilla de la democracia policial chilena ante el silencio y la complicidad de los ciudadanos borregos: Marco Ariel Antonioletti; Alex Muñoz Hoffman y Fabián López Luque, asesinados frente a las cámaras de televisión; Norma Vergara Cáceres, Francisco Díaz Trujillo, Julio Eyzaguirre Reyes, Ignacio Escobar Díaz, Juan Fuentes (también estudiante de Filosofía del Pedagógico), Mauricio Cancino, Mario Vásquez, Pablo Muñoz Moya; José Miguel Martínez, Mauricio Gómez Lira y Pedro Ortiz, asesinados por gendarmes y policías mientras se fugaban de la Penitenciaria, un día de Octubre para variar; Alejandro Soza, Raúl González Ordenes y Yuri Uribe Toro, asesinados por carabineros en la masacre de Apoquindo, cuando dispararon indiscriminadamente sobre una micro de la locomoción colectiva en que estos 3 militantes del Movimiento Juvenil Lautaro huían luego de realizar una expropiación bancaria. Tantos más, que incluso parece injusto nombrar sólo a algunos.

Claudia López Benaige vino a inaugurar un nuevo reguero de sangre de parte del Estado y la policía conforme se comenzaban a gestar en $hile nuevas luchas y otros jóvenes comenzaban a manifestar la disconformidad radical y tomaban en sus manos el fuego de sus antecesores. El Estado y sus esbirros afilaban las espadas contra esta nueva generación de rebeldes. Casi un año después del asesinato por la espalda de Claudia López mientras combatía en una barricada en la Población La Pincoya, carabineros asesina en la norteña ciudad de Arica al estudiante y trabajador Daniel Menco mientras participaba en una masiva manifestación universitaria. Daniel no tenía militancia pero tocaba en una banda musical Anarko Punk. Las imágenes captadas por un canal de TV muestran a sus compañeros llevándolo agonizante con sus cabeza destrozada por las balas de la escoria policial. Luego vendría el adolescente mapuche Alex Lemun Saavedra, asesinado por los pacos en Noviembre del 2002. En Septiembre de 2005, sedientos por nueva sangre, la policía vuelve a matar y asesina a un poblador sin militancia que participaba de una barricada en la población Lo Hermida, comuna de Peñalolén, Cristián Castillo Díaz de tan sólo 16 años. Luego vendrán Matías Catrileo, nuevamente asesinado por la espalda en una movilización de recuperación de tierras por parte de mapuche; el obrero forestal Rodrigo Cisternas, asesinado de una ráfaga de carabineros mientras defendía a sus compañeros de la represión policial con una máquina pesada, acción represiva que fue defendida enfáticamente por el ahora diputado “progresista”, la cucaracha rubia de Felipe Harboe; en Marzo del 2008 el poblador anarquista Johnny Cariqueo Yáñez en Pudahuel y Jaime Mendoza Collío el 13 de Agosto de 2009. Esta lista no es exhaustiva, lamentablemente son muchos más, pero el punto que quiero demostrar es que desde la muerte de Claudia en Septiembre de 1998, surge una nueva oleada de muertos al calor de la intensificación de la protesta social que fue violentamente reprimida por el Estado en manos de los gobiernos de la concertación. Esta es una larga cuenta todavía pendiente.

Funeral de una hermana…
Sábado 12 de Septiembre de 1998. Vi llegar a los padres de Claudia destruidos por el dolor a retirar el cuerpo de su hija al Servicio Medico Legal en Avenida La Paz, a pasos del cementerio general. Me impresionó lo ancianos que se veían, más ancianos quizás producto de la enorme pena por la tarea que tenían por delante. Salieron del recinto abrazados y llorando, sin embargo, el padre mantenía una actitud protectora hacia la madre en un gesto de caballerosidad bastante común en la gente mayor, pero que en vista de las circunstancias, se tornaba estremecedor.

En el exterior del Servicio Medico Legal se comenzaba a juntar la gente, llegaron amigxs, periodistas y con seguridad llegarían, si es que no lo habían hecho ya, agentes de inteligencia de las policías. El “Rinconcito acogedor” fue el restaurante donde nos refugiamos un puñado de amigos y amigas a comer algo y conversar acerca del terrible golpe que estábamos comenzando a vivir. La mamá de una amiga con sus palabras y gestos parecía decirnos “se los dije” “se tienen que cuidar más “, “ustedes son muy desordenados”, “las alimañas sedientas de sangre no perdonan”. Una tristeza enorme y pesada nos embargaba… ¿Qué vendría ahora? Mientras tanto en la TV que se encontraba encendida se comenzaba a dar el recuento de la violenta noche del 11 de Septiembre: 2 muertos, millonarios daños, comisarías atacadas, balaceras y de pronto recuerdo las imágenes de una torre de alta tensión dinamitada en La Serena. Mi amigo, quizás uno de los más tristes, dijo casi mascullando: ¡puta, que buena! mirando el exitoso sabotaje que dejo a oscuras parte importante de la cuarta región. Así era él…la alegría por las acciones no se le quitaba ni en ese terrible momento.

Durante la tarde de ese sábado asistimos al velorio que se realizó en la Plaza Brasil, al interior del Centro Espiral, una casona en que funcionaba la Escuela de Danza de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano en que estudiaba Claudia. El lugar estaba lleno y se desarrollaba el velorio en una paz inusitada para la rabia que debíamos tener. Había banderas, lienzos de la Coordinadora Revolucionaria del Pedagógico (CRP), grupo en que militaba Claudia, y diversas ofrendas florales. Hubo una que me llamo la atención especialmente porque la trajeron dos hombres vestidos con chaqueta de cuero que se bajaron de un taxi. Era inmensa, debe haber costado muy cara: era un fondo verde de hojas con una estrella roja de flores…era la bandera del Mapu Lautaro. Los desconocidos la dejaron, presentaron sus respetos y se fueron. En un momento hice lo que no quería: me acerque al ataúd y vi tu cara…me despedí de manera muy personal.

El resto del día transcurrió entre conversaciones con amigxs preguntándose mil veces cómo sucedió, que porqué volvieron, que si tu tenías más experiencia que ella porqué no primó la racionalidad de no volver al lugar, que cómo se iluminó la noche con las bengalas para que los esbirros apuntaran con total tranquilidad. Al lugar acudieron algunos cientos de personas, entre ellos unos militantes del partido comunista que quisieron poner una bandera frente a su ataúd lo que originó una fuerte discusión con los miembros del PC hasta que finalmente se fueron. Quizás pocos saben que Claudia fue, cuando era más joven, militante de las juventudes comunistas y que una de mis primeras imágenes que tengo de ella es pegando autoadhesivos del Movimiento Democrático Allendista (MIDA), formación política de la izquierda electorera y reformista que sirvió de paraguas electoral durante los primeros años noventa. Esto no deslegitima en nada la vida y las opciones de Claudia, sólo lo quiero mencionar para ilustrarla mejor en sus complejidades y alejarla de la imagen de ícono o mártir anarquista, cercana al fetiche y a la santidad. Claudia vale por las decisiones políticas y existenciales que fue tomando y que la llevaron a definirse como una anarquista y una subversiva (“sin Partido, Frente ni Movimiento” como escribió un compañero hoy en prisión), y a la muerte por ser consecuente y leal hasta el final a sus ideas y sus convicciones.

Sin saber cómo ya el día había terminado. Quedaba un largo viaje en micro de vuelta a casa a mascar el dolor, la amargura y la muerte de la amiga- compañera. El sueño esa noche no pudo ser reparador: estuvo lleno de fantasmas, recriminaciones, esbirros y criminales con sus armas de la muerte, sueños de sangre y de vengar a la hermana caída…

Día domingo por la mañana, soleado y tomando la micro para asistir al entierro. Antes de salir de la casa, otra sorpresa: la mamá de ella también asistiría al funeral, con niños pequeños y todo. Esa señora también supo de amigos muertos, de resistencia inútil el día de golpe con sólo una granada frente a todo un ejército, de prisión y de represión en ese Chillán de 1973. Otra familia tocada por la represión, asistiendo a un funeral correspondiente a una nueva generación de jóvenes muertos. Sólo que esta vez a estos jóvenes de la segunda mitad de los noventa les tocaba hacerle frente a la máquina de muerte del capitalismo y sus policías con el adormecimiento democrático generalizado del “pueblo” que dejaba que la sangre de los rebeldes fuera vertida mientras miraban la TV y compraban en las brillantes vitrinas de la transición democrática…son otros tiempos…nosotros no pudimos, es mejor que nadie lo intente…en fin, las recriminaciones seniles motivadas por la comodidad y la pasividad.

El día estaba particularmente luminoso ese día domingo en Plaza Brasil. Entrar y salir unas cuantas veces y después me quedé definitivamente afuera a esperar la salida del féretro. Ya estaba dispuesto el microbus de la locomoción colectiva que anónimos habían ido a arrendar al azar subiendo a cualquier micro y proponiendo el trato. La plata se había hecho en una colecta en la que había ayudado el incombustible militante y artista visual, el Pelao Kadima que desde su Taller Sol, ubicado en la vereda de enfrente del lugar del velorio, había colaborado con todo lo que podía y movilizado todos sus contactos y recursos construidos a partir del Bloque Marginal. Hay mucha gente que le tiene mala al pelao, pero por lo menos yo, no tengo nada que decir de él, salvo que siempre ha estado cuando se lo requiere y se le necesita.

El ataúd salió de pronto con rumbo al microbus arrendado que partiría dentro de unos instantes hacia el cementerio sacramental de San Bernardo, lugar donde sería el entierro. El conductor de ese microbus no sabía que este sería un funeral atípico, por decirlo de alguna forma. Apenas el ataúd asomó a la calle unas 200 personas que estaban apostadas estallaron en un poderoso y emocionante aplauso con caras de dolor y rabia, puños levantados y el clásico compañera Claudia López…¡¡presente!!

Abordamos rápidamente el bus que se llenó de lienzos, banderas y gritos ante el estupor del conductor que no sabía en lo que se había metido. Resultaba que los compañeros que fueron a arrendar el bus, para cerrar el trato más rápido consideraron que era mejor no decirle al chofer de qué clase de funeral se trataba. De manera que el conductor enfiló con rumbo al sur por la panamericana con cara de terror, en una caravana escoltada por carabineros que llevaba una lejana pero más o menos discreta vigilancia.

Así llegamos relativamente rápido a San Bernardo en el viaje por la autopista salpicada por las bromas de algunos de los cabros. A veces creo que ni en la situación más terrible se le quitarán a algunos sus ganas de reír y echar tallas aunque sea en las condiciones más inverosímiles. Supimos de inmediato que las cosas se pondrían densas cuando al entrar por una gran recta que conducía al cementerio se veía una nutrida presencia policial que incluía un bus lleno de pacos sólo para nosotros. Esto no hacía sino aumentar las sonrisas de los cabros…hay gente que no escarmienta.

Nos bajamos rápidamente del bus y nos dirigimos detrás del ataúd y los familiares que iban más adelante. Nunca me ha gustado el protagonismo así que preferí quedarme hacia el final de la columna que caminaba por el verde pasto de los cementerios posmodernos, sin nichos, sino que con lápidas en el suelo. Eso me permitió darme cuenta claramente que había gente extraña en el cementerio que obviamente eran policías de civil: jóvenes con gorros y pañuelos en la cabeza recostados en el pasto del cementerio mirando hacia el horizonte como si se tratara de un inexistente pic-nic, otros más allá haciendo como que buscaban una tumba inexistente, pero en realidad más preocupados de nosotros de lo que supuestamente buscaban.

Hubo discursos, gritos y despedidas antes que el ataúd bajara lentamente a la tierra para quedarse para siempre con el cuerpo de nuestra hermana. Vi hundirse el cuerpo de Claudia con lágrimas en los ojos. Como se trata de un momento de catarsis, no sé porqué luego del entierro mismo, todo el mundo caminaba más relajado y más tranquilo. A los padres de Claudia no los divisé durante el entierro. Sólo vería en medio de la trifulca que se desataría en unos instantes, la cara de sorpresa e incredulidad de la madre de Claudia ante el espectáculo que dábamos en una desigual batalla cuerpo a cuerpo con los pacos.

Sí, porque quedó la cagá apenas habíamos subido al bus para partir de vuelta a santiago. Me parece que fue un sujeto a quien denominaré “Oriental” quien descubrió a un sapo arriba del bus y sacando fotos. Le quitó la cámara fotográfica que no me acuerdo si llevaba oculta o se iba haciendo el “periodista alternativo”. Bastó este hecho para que el paco encubierto corriera donde sus compañeros policías. Aún comentábamos el suceso cuando desde atrás venía el bus de carabineros con un paco en la pisadera empuñando una subametralladora Uzi y con casco de guerra. Esto no augura nada bueno, pensé. Dicho y hecho, los pacos tomaron por asalto el bus, bajaban a la gente encañonada y nos ponían a todos y todas con manos sobre la micro y las piernas abiertas gritando de manera histérica, fuera de sí. El asunto es que a nadie le importó que los pacos portaran armamento y la rabia se soltó de golpe comenzando una pelea cuerpo a cuerpo, insultos, escupitajos, cosas que volaban y palos repartidos por los pacos a diestra y siniestra. Es en esos momentos que, como dije, observé la cara incrédula de la madre de Claudia con una mano en la boca viendo como nos trenzábamos a golpes con los criminales de uniforme verde. Habrá pensado: ¡¡así era mi hija en realidad…como estos desquiciados que la vinieron a despedir!! La batalla campal se saldó con varios heridos nuestros, algunos heridos leves de los pacos y dos compañeros detenidos: el oriental (buenísimo para irse preso hasta el día de hoy) y un alumno del pedagógico que echaba todo a la broma, culpable de fundar un colectivo que no se tomaba en serio ni a ellos mismos. Así terminó aquel día. Quizás agarrarnos a combos con los pacos fue la mejor despedida que le podríamos haber echo a la chica Claudia. Ya que no habría tiros, por lo menos nos agarramos a combos. Como dato curioso, existe un registro del Canal 4 (la red) de esta delirante situación donde incluso recogieron el testimonio de un amigo de Claudia que relató en exclusiva los hechos de La Pincoya.

Finalmente volvimos los que quedamos, golpeados y heridos, pero con una extraña sensación de satisfacción de por lo menos haber peleado con nuestras propias manos con los asesinos de nuestra hermana. Estamos de acuerdo que nuestra venganza deseaba mucho más, por lo menos en ese tiempo, de hecho declarábamos a los 4 vientos: nuestra justicia será la venganza. Pero por el momento bastó para poner algo de dignidad al funeral de la chica. El conductor del bus aún se mantenía aterrorizado por su vehículo tomado por asalto por los pacos, lo único que quería era que nos bajáramos y nunca volver a vivir una experiencia así. Ni siquiera quería que le pagáramos la segunda mitad del dinero que habíamos acordado una vez finalizara el funeral. Finalmente con una cara de que fuéramos marcianos nos recibió el dinero y nos dejó en Santiago. Nuestra hermana yacía enterrada para siempre y la ciudad continuaba con su normalidad de domingo por la noche.

Epílogo
La muerte de la chica Claudia dejó un reguero de dolor y rabia que demoró en combustionar. Debe haber sido el día lunes o martes siguiente, en que una manifestación de alumnos de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (conocida en la jerga de nuestros grupúsculos de mentes afiebradas como “la locademia”) llegó frente al palacio de La Moneda para exigir justicia por su compañera muerta. Este mismo grupo, pero más numeroso decidió manifestarse días después en la presentación de un libro autocomplaciente y masturbatorio del golpista y ex presidente Patricio Aylwin en el ex congreso nacional. El libro de la canalla concertacionista se llamaba “El reencuentro de los demócratas” y fue el evento escogido por los manifestantes para entrar con un lienzo y gritos exigiendo justicia por el asesinato de Claudia. Nuevamente de esto hay registro y esta vez se trataba del programa “El factor humano” que exhibía el canal 2, me parece. Para hacer la historia corta, los jóvenes fueron expulsados por los demócratas a patadas y a los gritos de “fuera, fuera, fuera…” mientras la policía se los llevaba presos. En el audio del video se escuchaba a un paco de civil que llevaba a un manifestante con el brazo doblado por una llave: “sí mijito, pida la huevá que quiera pera vaya a huevear a otra parte”. La cámara sigue a unos de los detenidos, mientras los ilustres luchadores por la “libertad” de $hile pueden continuar con su acto, aplaudiéndose frente al espejo y con la tranquilidad de haber mandado presos a unos cuantos rebeldes más, ¡qué se habrán imaginado! Pedir justicia por un asesinato cometido por nuestra valiente policía que dispara por la espalda…seguramente algo habrá hecho.

También días después de la muerte de Claudia, cuando aún muchos pensaban y hablaban que la muerte de nuestra hermana debería equilibrarse con tiros y sangre policial, nos encontramos en los pastos del Pedagógico, con uno de los más activos y aguerridos luchadores callejeros a quien denominábamos “el hermanito”. ¡¡El hermanito nos miró como si hubiera visto al diablo en persona!! No tenía nada más que hablar con nosotros y le dijo a mi amigo que no lo llamara más, que su mamá estaba súper asustada con lo que había pasado…en realidad quien estaba cagado hasta el cuello era él. Había visto cómo las cosas se habían puesto duras (apenas duras comparadas con otras situaciones) y ya no quería más: estaba cagado de susto. Fin del cuento, por lo menos para él.

¿Por qué termino una historia de una luchadora digna que dejó lo mejor de sí, peleando contra la policía y el capitalismo en una barricada con estas anécdotas de infectas cucarachas? Por nuestra larga cuenta pendiente. A unos, creo yo les cabe sólo el desprecio, con los otros sin embargo, con los demócratas emperifollados que hacen caer las balas de la democracia manchada de sangre apoyados en la pasividad borreguil de los zombies que compran, trabajan y mueren, motivados por la publicidad y la próxima oferta del mall… ellos todavía nos la deben. ¿Habrá todavía espíritus y manos rebeldes dispuestas a tomar el testimonio y hacer realidad eso de que nuestra justicia será la venganza, por Claudia, Rafael, Eduardo, por Ariel, por Johnny, por Matías y tantos otros? ¿Está en formación una nueva generación de rebeldes que nos caliente las venas y que haga saltar por los aires las sucias instituciones del Estado Capital o que por lo menos esté dispuesta a dar esa pelea? Como el compañero Mauricio Morales, que murió atacando ese símbolo del terrorismo de Estado que es gendarmería… Ayer fue 29 de marzo, hubo enfrentamientos, buses y retroexcavadoras quemadas pese al férreo control policíaco y la campaña de desprestigio montada por la prensa oficial del sistema dirigida por el titiritero de turno, el ministro de la represión Rodrigo Hinzpeter. Quiero creer que así será, que el fuego rebelde crecerá en nuestro corazón y en las calles y que nuevamente el fantasma de la rebelión será la pesadilla que atormentará a los poderosos. Ojala que sea verdad que los revolucionarios caídos son presente y futuro de acción combativa. Que así sea.

 

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