es/it – Apuntes sobre la necesidad y el deseo de pegarle fuego a la postmodernidad

Taller de Investigaciones Subversivas UHP

 

Aceptemos entonces, que el eje alrededor del cual gira la sociedad postmoderna ya no es, tal y como fue en la modernidad, la producción, sino que ahora es la comunicación (en su sentido restringido de trasvase de información) y la rapidez con la que ésta pueda darse. El tránsito de un tipo de sociedad a otro se da cuando deja de ser posible hablar de la historia como algo unitario, cuando los acontecimientos dejan de ser ordenados entorno a un centro determinado. Se rompe entonces en pedazos el relato que organizaba el espacio teniendo como única referencia a Occidente (o incluso, a un Occidente concreto si se prefiere), y el tiempo basándose en una concepción lineal de la historia unitaria … la totalidad da paso a la fragmentación, a la disolución de los centros. Esta atención al fenómeno de dispersión, al adiós a la historia hegeliana con miras a una meta final reconocible y la desintegración consecuente de las legitimaciones modernas, son las obsesiones de los pensadores que hablan de postmodernidad.

Una de las transformaciones fundamentales que se producen en éste tránsito es la del saber: mientras que en la modernidad el saber está asociado a la formación del sujeto, en la postmodernidad ha pasado a ser una oferta más dentro de los productos listos para ser consumidos que presenta el mercado. Dado que tal y como se ha dicho, la sociedad postmoderna es la sociedad de la comunicación, el saber también acaba por definirse según los parámetros de este proceso en el que el valor que prima es el valor de cambio. Fuera ya del estadio histórico previo, y con el predominio absoluto de la pragmática (lo que viene a suponer, que la legitimidad de una acción vendrá dada exclusivamente por los efectos que produce, es decir: por lo que, en el rebuscado lenguaje de los amos, se ha llamado performatividad), el saber se constituye como principal fuerza de poder, como instrumento de control del medio y de las relaciones entre individuos o grupos dentro del sistema.

Al no poder evidentemente existir la comunicación desinteresada y horizontal (esa por la que hay que guerrear, y que es condición necesaria para acabar con la alienación) en una sociedad performativa, las relaciones entre las personas acaban por funcionar de manera tal, que detrás de cada mensaje emitido existe una determinada jugada, siendo la relación determinante entre los distintos jugadores la de competencia. Las jugadas son estrategias para ganar, los jugadores no son otra cosa que simples competidores y los actos comunicativos – en definitiva – son tan sólo actos pragmáticos. Lo que realmente importa es la eficacia que se desprenda de cada acción … si se es algo, se será por los beneficios que reporte y no por el placer de serlo.

Dentro de este contexto, una de las cosas que más nos interesa es el hecho de que la técnica se revela como el modelo de performatividad, el saber que prima es un saber aplicado y propio de expertos que construye mercancías (en el sentido más amplio del término, y no solamente teniendo en cuenta los artefactos) en función de su operatividad. Este saber se encuentra escindido totalmente de la vida cotidiana, nos es extraño, y anula esa capacidad que los obreros de tiempos pasados tenían para intuir desde sus propios oficios la posibilidad de autogestionar la vida entera; en definitiva, el saber con el que nos encontramos permite la división de la sociedad entre decididores y ejecutantes, una fina matización de la eterna relación entre explotadores y explotadas: el que hace está a las órdenes del que tiene posesión del saber. El hierro y la sangre provocaba indignación y revuelta; la anestesia informativa, la miseria sobre-equipada o la rutina grisácea del oficinista, dan lugar a un rentable planeta habitado por zombies. La relación descrita rompe de cuajo la contingencia de la acción, pretende que sea la necesidad quien la rija, asimilándola finalmente a la fabricación. La técnica se impone: la acción acaba por ser fabricar algo de la forma más eficiente y rentable. Al separarse cada vez más saber y hacer, domina aquello que tiene efectividad, no ya el “yo pienso”, sino el “yo puedo”.

En la llamada postmodernidad, la técnica se ha autonomizado como sistema, siguiendo en su desarrollo sus propias leyes. En tanto que la performatividad es su elemento clave, se trata de un sistema establecido de antemano y cuyos progresos están totalmente determinados … una y otra vez, la historia contradice a aquellos que se ocuparon – y aún hoy se ocupan – de proclamar el carácter liberador de la técnica: lejos de cumplir ninguna función emancipadora, se ha encargado de subyugar a la humanidad bajo sus preceptos de efectividad y rentabilidad. Que el desarrollo tecnológico de lugar a herramientas que puedan ser utilizadas en procesos de liberación, está lejos de significar que ese mismo desarrollo vaya a posibilitar la destrucción del sistema que lo ha propiciado. Los distintos desarrollos tecnológicos de los últimos 70 años son precisamente los que se han encargado de re-definir y optimizar los mecanismos de explotación y dominación. El análisis de estos desarrollos se hace imprescindible dentro del conflicto social, los caminos del enfrentamiento deberán tener en cuenta – por ejemplo – que los constantes adelantos tecnológicos ya no apuntan tanto a la facturación sin más de bienes como al desarrollo de medios para el control social y la producción inmaterial que permite la (siempre presunta, pero hasta el momento devastadora) expansión sin límites del capital.

Si bien es verdad que lo que nos ocupa no es otra cosa que la lucha histórica entre poseedores y desposeídos, habría que atender a la realidad actual de que las clases dominantes ya no se definen tanto por la posesión de los medios de producción e ingentes cantidades de bienes, sino por detentar un conocimiento especializado que les permite participar en el funcionamiento del poder. Este conocimiento tecnológico trabaja por la reducción de la potencia real de entendimiento de los explotados (los excluidos, al fin y al cabo, de dicho conocimiento), por la creación de un individuo operativo que sabe lo que hacer dentro del perímetro del cubil que le ha sido otorgado por el capital, pero que no entiende más allá … es decir: trabaja por el perfeccionamiento del espectáculo, por una sociedad falsificada que ha sido construida sobre imágenes, y en la que la sumisión del hombre se alcanza mediante satisfacciones que no son sino reflejos banales y distorsionados de la verdadera satisfacción de vivir una vida que no sea gobernada por autoridad alguna. Por otra parte, los efectos del desenfrenado abuso que los amos hacen del desarrollo tecnológico tiene evidentes y desastrosas consecuencias sobre el hábitat humano. Consideramos así, que ambas características de este conocimiento: tanto su contribución a la alienación como la expoliación salvaje del planeta entero que lleva a cabo, no son meras consecuencias resultantes de su “mal uso”, sino componentes esenciales de la definición del sistema tecnológico. Por eso no creemos en su reciclaje, y mucho menos en su potencialidad redentora …
No nos engañemos entonces, frente a la lógica del sistema no se podrán oponer sus propios productos. Las innovaciones tecnológicas por sí mismas no implicarán la crisis de la cultura occidental, sino más bien su afianzamiento, o en llegado caso, la aniquilación del planeta. Entrados en el s. XXI parece que el ciborg no ha sido el billete de salida de la pesadilla postmoderna – tal y como algunas pensadoras defendieron -, aquella predicción omitió que la tecnología existente posee su propio lenguaje, y que éste – independientemente de que fueran sujetos revolucionarios quienes hicieran uso de él – ha sido configurado para producir el mayor número de beneficios posible al poder de donde ha salido. Por eso mismo: porque en el reino de la performatividad no existe la inocencia, afirmar que el potencial tecnológico va a ser el propio desencadenante de la caída del Todo y su homogeneidad, es un acto de entusiasmada ignorancia … quienes en la lucha anticapitalista depositan todas sus esperanzas en las máquinas, ignoran que el mundo postmoderno (por estar definido según los parámetros que se han intentado explicar) jamás desencadenaría una potencia que en sí misma pudiese suponer su propia destrucción.

La verdadera subversión consiste en buscar el futuro no-previsible en un tiempo en el que se pretende preveer todo, consiste en dar con aquello que precisamente escapa a lo programado por sus máquinas. En esta guerra contra la totalidad se dará un valor de uso a todos aquellos materiales que sean susceptibles de ser utilizados en nuestro asalto a los cielos … ahora bien, no caeremos en errores pasados, y por tanto no sacralizaremos ningún medio de los que nos apropiemos (ni la gasolina y el fuego, ni las radios libres, ni la ocupación, ni la informática …), sólo así no construiremos un nuevo guetto del que ya no podamos – gracias a la ceguera que una y otra vez hemos aceptado ilusionados – salir. Al no depender estratégicamente de ningún elemento clave, y siendo capaces de jugar con todos ellos, nos haremos más fuertes y nuestras posibilidades a la hora de atacar se multiplicarán. Por otro lado combatiremos la especialización dentro de nosotras mismas, puesto que no dejaremos en la mano de ningún técnico nuestra capacidad ofensiva.

Dado que lo que legitima a día de hoy no es la argumentación que convence sino el poder que funciona, no nos equivocamos cuando afirmamos que han errado quienes defienden el diálogo y el consenso en nuestros días. La sociedad a la que se ha llegado no ha sido consecuencia de la capacidad de dialogar y argumentar de las mujeres y los hombres, y de la misma manera, su fin no vendrá de la mano de esa capacidad. El consenso hoy lo establece el propio funcionamiento del entramado capitalista, no se acepta porque se haya reflexionado y se haya llegado a la conclusión de que es “bueno”, sino porque las leyes del sistema dentro del cual se ha generado lo hacen funcionar sin que parezca haber lugar a su cuestionamiento. El avance y la consolidación de la pesadilla orwelliana, tiene su más clara ratificación en el despliegue que los medios capitalistas y su propaganda han realizado para afirmar que con la caída del muro, 1984 ya no podrá ser jamás. Como si habláramos de un amor adolescente, hoy es ya 1984, y sin embargo lo es menos que mañana. La democracia, valor absoluto e indiscutible de las sociedades postindustriales, no es más que un resultado de la propia dinámica del mercado y de las soluciones elegidas para la satisfacción de sus necesidades (de las cuales la primera es la estabilidad, lo que supone la ineludible supresión de la amenaza proletaria). Así funciona la pragmática mercantil: el equilibrio viene por la eliminación de las diferencias, cuanto más homogéneos son los elementos que configuran la sociedad, mejor funciona.

Una teoría y una práctica revolucionarias deben comprender el mundo al que se enfrentan para ser capaces de hacer saltar por los aires sus contradicciones y generar situaciones que permitan su aniquilación. Vivimos en medio de una circulación convulsiva de imágenes en las que no hay nada que ver, vivimos en un sistema que funciona menos gracias a la plusvalía de la mercancía que a la plusvalía estética del signo. La realidad es un ir y venir de representaciones que parecen condenar al hombre a la apatía más pura, que le hipnotizan a la vez que le mutilan, que imposibilitan el desarrollo de su propia autonomía. Nuestra intención no debe ser otra que conseguir desatar conflictos que planteen la posibilidad de comunicar fuera de todos esos códigos ya codificados, propagar dentro de la organización social existente una masa de deseos que ella misma no sea capaz de satisfacer.

Por lo tanto, nos parece claro que el mundo que queremos echar a pique debe dejar de ser afrontado en sus propios términos. Quién así lo sigue haciendo después de tantas hostias sufridas, sólo puede hacerlo por dos razones: o bien está tratando de escalar en la organización social y alcanzar algún privilegio gracias a su condición de contestatario (y todos sabemos bien de que lado está y lo que merece), o bien es un ignorante que desconoce una premisa básica de la revolución: El poder sólo dialoga con sus posesiones.

Nuestras posibilidades de victoria pasan por poner en juego un lenguaje y una lógica propios, construir un discurso que de verdad se configure como contrapoder y alteridad absoluta del discurso totalizador. Entre ambos no podrá darse ningún tipo de diálogo o transacción, pues al no existir ninguna homología no hay posibilidad de traducibilidad. El resultado – le asuste a quien le asuste – no puede ser otro que el choque entre los sujetos en rebeldía, armados en el proceso de autovaloración que han iniciado, y la prepotencia totalizadora de la realidad del consenso. Ese choque no podrá significar otra cosa que ruptura, seccionamiento sin la menor posibilidad de reforma y mejora … es decir: violencia, sabotaje, poesía. El uso de la diferencia, la vía de escape que nos permita salir de esta realidad consensuada.

La activación del disenso supone romper con la angustia de una sociedad en la que la auto-alienación ha acabado por ser la regla … vivir siendo conscientes de que nos encontramos involucrados en una guerra siempre será mejor que ejercer el oficio de existentes, que vivir un tiempo del que sólo se puede desear su fin. Queremos responder con un sí en llamas a esa pregunta que no sale de nuestras cabezas: ¿Habrá realmente vida antes de la muerte?. Frente a la totalidad, sólo siendo crueles podremos iniciar caminos de liberación y placer . ¡Adelante con los faroles!.

Conocemos de antemano el discurso de moda (made in Italia), que etiqueta a toda prisa la necesidad de la insurrección bajo el calificativo de “metafísica de la violencia”; precisamente quienes más apelan a la complejidad de la sociedad actual, parecen ser quienes ostentan una mayor simpleza mental … por más que parloteen los líderes de foros sociales y de bufones disfrazados, o por más sesudos artículos que escriban glorias intelectuales de revoluciones pasadas – en un desmedido afán de encontrar un protagonismo hoy – , no vamos a caer en la renuncia de nuestras propias posibilidades y potencias. No aceptaremos el pacifismo radical, ni la no-violencia de la sociedad civil, ni la resistencia legalista por la democracia, ni sandeces semejantes. La violencia no es nada, y mucho menos una etiqueta: es algo que siempre estuvo ahí, junto a nosotras. La mayor de las veces para sufrirla, y en ocasiones para practicarla, como defensa, como ataque; escapa por sí misma a los pretendidos discursos morales de aquellos que anhelan encauzar la revuelta allá donde se diera. Es algo que nos es inherente, y que por tanto no pensamos rechazar al igual que no rechazamos el uso de nuestro intelecto o de nuestra maltrecha creatividad. Sería lo que nos faltaba … amputarnos más y más, reproducir autónomamente (¿será esta la autonomía que persigue tanto líder antiglobalización?) la mutilación capitalista. No adoramos la violencia, no nos masturbamos frente a pistolas y bombas, ni creemos que ninguna banda armada vaya a transformar el presente. Tan sólo entendemos necesaria, la máxima eficacia en el uso de nuestra fuerza para destruir esta realidad.

Realmente es hora de hacer afiladas distinciones, y dejar claro de una vez por todas quien está por la destrucción del capitalismo y quién no. Hay que desenmascarar a todos los falsos detractores de la civilización burguesa … buenrollistas, negociadores, aprendices de político, oenegeistas, neo-socialdemócratas, apagafuegos … y no lo haremos ya porque nosotros tengamos la verdad revolucionaria y pensemos que sus “luchas” estén invalidadas, sino porque directamente los consideramos engranajes partícipes y conscientes del sistema miserable que combatimos, o lo que es lo mismo: ni siquiera nos creemos eso de que “luchen” contra algo. Lo decimos sin reparos, son nuestros enemigos. Estaba en lo cierto quien dijo que la pasividad siempre necesitó de guías y especialistas: quien grita que todavía no es tiempo de revuelta, nos revela de antemano la sociedad por la que de verdad está trabajando. Sabemos, porque la historia – la que nos queda más lejos en el tiempo, y aquella que es más reciente – nos da claras muestras del lado del que están, que llegado el momento y si las condiciones son propicias (si ven claramente cual es la tajada que se pueden llevar) nos venderán a los jueces, periodistas y policías sin el más mínimo de los escrúpulos. ¿Exageramos?, ¡Abran los ojitos señores … ! y podrán ver a todos esos luchadores sociales que cantan a los cuatro vientos las excelencias y bondades de luchas violentas y armadas lejanas en tiempo o espacio (o en tiempo y espacio simultáneamente) criticar y denunciar prácticas revolucionarias que se desarrollan en sus propias ciudades, en sus propios barrios, distinguiendo así entre violentos y no-violentos, inocentes y culpables, protestas legítimas e ilegítimas. Son los lacayos más eficientes, realmente van más allá de la especialización, y cumplen a la vez la función de la policía, de la televisión, la radio y la prensa … son los que despejan el camino a la represión, y sólo se merecen nuestro desprecio y nuestra rabia, todo lo demás sobra. Nuestra creatividad tiene el hermoso oficio de desenterrar viejos conflictos a la vez que se saca otros nuevos de las mangas, y es consciente, de que al trabajar al margen de la pragmática postmoderna está escrita en clave de ilegalidad: aceptamos de buen grado el hecho de que somos criminales y nos preparamos para actuar como tales. No entraremos en la farsa de autojustificarnos de ninguna manera, no tenemos que rendir cuentas de nuestros deseos frente a nadie, somos conscientes de que mientras nuestra lucha no sea recuperable – lo cual es y será la mejor de las señales que nos indique que vamos por el camino adecuado – será sistemáticamente perseguida por la ley en todas sus modalidades (policiales, estrictamente judiciales, mediáticas etc).

La rebeldía entiende la acción desde las antípodas de la postmodernidad, ya no acción como fabricación, sino acción como el único camino que queda para revelar nuestra cualidad de ser distintos. Nos atrae la idea de ver el mundo como un tablero de juego, ser los mejores jugadores dentro de él es a lo que puede quedar reducida la expresión de nuestra lucha. Hemos empezado por comprender las reglas que rigen los movimientos de los jugadores-competidores, y luego nos hemos puesto a jugar nosotras … determinamos nuestras propias estrategias de acuerdo a nuestros propios fines y vemos cómo saltarnos las normas que nos hemos encontrado al entrar en el juego. Somos conscientes de que venceremos la partida cuando el tablero
se haya hecho añicos, y empezamos a hacerlo determinando nuestros propios movimientos ajenos a cualquier modelo de eficiencia mercantil: actuamos por placer, un placer que apunta a una vida plena y llena de posibilidades. No queremos comunicarnos con esta sociedad, ya no hay nada que decirnos entre nosotras y ella, queremos verla agonizar. Por eso, nuestras acciones son su misma negación, no pueden ser reorganizadas dentro de las estructuras mercantiles, no pueden ser configuradas por el capital como fuerza productiva propia. Nuestra protesta no se podrá transformar en mercancías con las que traficar o pactar, buscamos sin más la satisfacción de nuestras desmedidas pretensiones. Son necesidades implícitas del ser humano, sólo que han quedado integradas en una sociedad falsa y han sido falseadas por ella. Nosotras las hemos intuido y no nos detendremos hasta dar con una vida que sea capaz de satisfacerlas.

En un mundo en el que el mercado se afirma como la única escena de la vida, el valor de cambio es el único valor posible y por tanto la identificación total entre la sociedad y el capital es algo consumado, la revolución sólo puede significar el desmantelamiento definitivo de la cotidianidad miserable y banal, la liberación total de las pasiones y los deseos reprimidos. Conformarse con menos es algo que no entra entre nuestros pensamientos, ya hemos tenido suficiente miseria …

No trataremos de responder todas las preguntas, jugaremos al juego de dejarlas todas planteadas … se trata de actuar cuando todos practican la espera, de decir aquello que el enemigo no puede prever, de estar donde no nos aguarda. La tarea revolucionaria a día de hoy no es ni más ni menos que arrancar los velos que cubren las condiciones reales de los explotados, la creación en definitiva de la situación que posibilite el tercer asalto proletario a la sociedad de clases.

En nuestra negación está la aurora …

 

Texto editado por el Taller de Investigaciones Subversivas UHP:

¡Unios hermanxs psiquiatriadxs en la guerra contra la mercancía!

 

Appunti sulla necessità e il desiderio di appiccare il fuoco alla post-modernità

 

Laboratorio di Ricerche Sovversive UHP

 

Siamo convinti che l’asse attorno al quale ruota oggi la società postmoderna non sia più la produzione, bensì la comunicazione (intesa come trasferimento di informazioni) e la sua velocità di diffusione. Il passaggio da un tipo di società ad un’altra si ha quando non è più possibile parlare della storia come di qualcosa di armonico, quando gli avvenimenti smettono di essere ordinati attorno a un dato fondamento. S’infrange di conseguenza quel racconto che organizzava lo spazio avendo come soli riferimenti l’Occidente (o un dato Occidente, se si preferisce) e il tempo sulla base di una concezione lineare della storia unitaria… la totalità cede alla frammentazione, alla dissoluzione dei centri. Questa attenzione al fenomeno di dispersione, all’addio alla storia hegeliana verso un traguardo finale riconoscibile, e la disintegrazione delle legittimazioni moderne che ne consegue, sono le ossessioni dei pensatori che parlano di post-modernità.

Una delle trasformazioni fondamentali generate da questo passaggio riguarda il sapere: mentre nella modernità il sapere è associato alla formazione del soggetto, nella post-modernità diventa un prodotto in offerta, presente sul mercato e pronto per essere consumato. Visto che, come si è detto, la società postmoderna è la società della comunicazione, anche il sapere sarà definito in base ai parametri di tale processo il cui valore fondamentale è il valore di scambio. Già nella precedente fase storica, con il predominio assoluto del pragmatismo (il che equivale a dire che la legittimità di un’azione è data unicamente dagli effetti che produce, ovvero: con un linguaggio ricercato i padroni parlano di performatività), il sapere si costituisce come forza principale di potere, come strumento di controllo della paura e delle relazioni tra individui e gruppi all’interno del sistema.

Non potendo ovviamente esistere una comunicazione imparziale e orizzontale (proprio perché si deve combattere, condizione necessaria per porre fine all’alienazione) in una società performativa, le relazioni tra gli individui finiscono per espletarsi in modo che dietro ogni messaggio diffuso si nasconda una data giocata, essendo la competizione una relazione determinante tra i distinti giocatori. Le giocate sono strategie per vincere, i giocatori non sono che semplici concorrenti e gli atti comunicativi, per farla breve, non sono che atti pragmatici. Ciò che realmente conta è l’efficacia sprigionata da ogni singola azione… se si è qualcosa, lo si sarà per i benefici che ne derivano e non per il piacere di esserlo.

In questo contesto, una delle cose che più ci interessano è che la tecnica si rivela un modello di performatività, il sapere premiale è un sapere applicato ed esperto produttore di merci (nel senso più ampio del termine e non solo come beni materiali) in funzione della sua operatività. Questo tipo di sapere è totalmente scisso dalla vita quotidiana, ci è estraneo e annichilisce quella capacità che un tempo avevano gli operai di intuire direttamente dal proprio posto di lavoro la possibilità di autogestire la vita intera; in definitiva, il sapere con cui ci relazioniamo permette la divisione della società tra chi decide e chi esegue, sottile sfumatura dell’eterno rapporto tra sfruttatori e sfruttati: cosa che rende possibile, a chi detiene il sapere, di dettare gli ordini. Il ferro e il sangue provocavano indignazione e rivolta; l’anestesia informativa, la miseria super-attrezzata o la grigia routine del lavoratore danno vita a un pianeta da sfruttare abitato da zombie. La relazione descritta sradica il rischio dell’azione, dà ad intendere che sia la necessità a dominarla, assimilandola infine alla produzione. La tecnica è evidente: l’azione deve essere diretta a produrre qualcosa nel modo più efficace e redditizio. Separando sempre più il sapere dal fare, comanda chi è efficiente, non più l’«io penso», ma l’«io posso».

Nella cosiddetta post-modernità, la tecnica è diventata un sistema autonomo che nel suo progredire ha seguito esclusivamente le proprie leggi. Mentre la performatività, che ne è l’elemento chiave, è un sistema prestabilito i cui progressi sono totalmente determinati… ancora una volta, la storia contraddice coloro che si sono adoperati — e che tuttora si adoperano — a proclamare il carattere liberatorio della tecnica: lungi dal realizzare qualsiasi funzione di emancipazione, si è incaricata di soggiogare l’umanità sotto i suoi precetti di efficacia e di profitto. Anche se lo sviluppo tecnologico crea strumenti che possono essere utilizzati nei processi di liberazione, ciò non significa che questo stesso sviluppo renda possibile la distruzione del sistema che lo ha propiziato. I diversi processi di sviluppo tecnologico degli ultimi 70 anni sono appunto quelli che si sono fatti carico di ridefinire e ottimizzare i meccanismi di sfruttamento e dominio. L’analisi di questi processi diventa imprescindibile all’interno dello scontro sociale, nei percorsi del conflitto si dovrà considerare — per esempio — che i continui progressi tecnologici non puntano tanto alla fatturazione quanto allo sviluppo dei mezzi per il controllo sociale e la produzione immateriale che permette la (sempre presunta, ma finora devastante) espansione senza limiti del capitale.

Se è vero che ciò di cui ci occupiamo non è altro che la lotta storica tra possessori e spossessati, bisognerebbe attenersi alla realtà attuale per cui le classi dominanti non sono tali per il possesso dei mezzi di produzione e di ingenti quantità di beni, quanto perché detengono una conoscenza specialistica che consente loro di partecipare al funzionamento del potere. Questa conoscenza tecnologica lavora per la riduzione del potenziale reale di comprensione degli sfruttati (gli esclusi, in fin dei conti, da questa conoscenza), per la creazione di un individuo operativo che sappia cosa fare all’interno del rifugio concessogli dal capitale, ma che non vada oltre… ovvero: che lavori per il perfezionamento dello spettacolo, per una società falsificata costruita su immagini, nella quale la sottomissione dell’uomo si raggiunge mediante appagamenti che sono solo riflessi banali e distorti della vera soddisfazione di vivere una vita non governata da alcuna autorità. D’altra parte, gli effetti dell’abuso sfrenato che i padroni fanno dello sviluppo tecnologico ha evidenti e disastrose conseguenze sull’habitat umano. Consideriamo così che entrambe le caratteristiche di questa conoscenza — sia il suo contributo all’alienazione che lo sfruttamento selvaggio dell’intero pianeta — non sono mere conseguenze risultanti dal suo «cattivo utilizzo», ma bensì componenti essenziali della definizione del sistema tecnologico. Per questo non crediamo nel suo riciclaggio e ancor meno nella sua potenzialità redentrice…

Non lasciamoci ingannare: di fronte alla logica del sistema non si potranno opporre i suoi stessi prodotti. Le innovazioni tecnologiche di per sé non porteranno ad una crisi della cultura occidentale ma sicuramente ad un suo rafforzamento, se non all’annientamento del pianeta stesso. Introdotto nel XXI secolo, pare che il cyborg non sia stato il biglietto da visita dell’incubo postmoderno — proprio come alcuni pensatori ipotizzarono —, quella predizione omise che la tecnologia esistente ha un suo linguaggio, e che questo — indipendentemente dal fatto che ad utilizzarlo fossero dei soggetti rivoluzionari —  è stato ideato per apportare il maggior numero possibile di benefici al potere. Perciò: proprio perché nel regno della performatività non esiste innocenza, affermare che il potenziale tecnologico è il mezzo che innescherà la caduta del Tutto e della sua omogeneità, è un atto di interessata ignoranza… chi nella lotta anticapitalista ripone tutte le sue speranze nelle macchine, ignora che il mondo postmoderno (così definito in base ai parametri che abbiamo cercato di spiegare) mai innescherebbe una potenza che potrebbe significare la sua stessa distruzione.

La vera sovversione consiste nel cercare quel futuro imprevedibile in un tempo in cui si pretende di prevedere tutto, consiste nel trovare precisamente ciò che sfugge al programma delle loro macchine. In questa guerra contro la totalità si darà un valore d’uso a tutti quei materiali che sono suscettibili d’essere utilizzati nel nostro assalto al cielo… stavolta non cadremo negli errori del passato, per cui non sacralizzeremo nessun mezzo di cui ci approprieremo (né la benzina e il fuoco, né le radio libere, né le occupazioni, né l’informatica…), solo così non creeremo un nuovo ghetto dal quale non poter uscire — grazie alla cecità accettata ancora una volta per illuderci. Non dipendendo strategicamente da nessun elemento chiave, essendo capaci di giocare con tutti, saremo più forti e nel momento dell’attacco le nostre possibilità si moltiplicheranno.

Dall’altro lato combatteremo la specializzazione dentro noi stessi, dato che non lasceremo nelle mani di nessun tecnico la nostra capacità offensiva.

Poiché al giorno d’oggi ciò che legittima non è l’argomentazione che convince ma il potere che funziona, non è errato affermare che sbaglia chi ancora difende il dialogo e il consenso. La società in cui ci troviamo non è una conseguenza della capacità di dialogare e di argomentare delle donne e degli uomini, e allo stesso modo la sua fine non avverrà grazie a questa capacità. Il consenso oggi lo stabilisce il corretto funzionamento del contesto capitalista, non viene accettato perché si è riflettuto e si è giunti alla conclusione che sia “buono”, ma perché le leggi del sistema in cui si è generato lo fanno funzionare senza che ci si ponga domande. L’avanzamento e il consolidamento dell’incubo orwelliano si confermano nel dispiegamento che gli strumenti capitalisti e la loro propaganda hanno realizzato per affermare che, con la caduta del muro, il 1984 non ci potrà mai essere. Come se parlassimo di un amore da adolescenti, oggi è già 1984, e senza dubbio lo è meno di domani. La democrazia, valore assoluto e indiscutibile della società postindustriale, non è che un risultato delle dinamiche del mercato e delle soluzioni scelte per la soddisfazione dei suoi bisogni (dei quali la prima è la stabilità, che presuppone l’ineludibile soppressione della minaccia proletaria). Cosi funziona il pragmatismo mercantile: l’equilibrio si ottiene con l’eliminazione delle differenze, tanto più sono omogenei gli elementi che compongono la società, meglio funziona.

Una teoria e una pratica rivoluzionarie devono comprendere il mondo con cui si scontrano per essere capaci di far saltare in aria le sue contraddizioni e generare situazioni che ne permettano la distruzione. Viviamo nel mezzo di un flusso convulso di immagini nelle quali non c’è niente da vedere, viviamo in un sistema che funziona meno grazie al plusvalore della merce che al plusvalore estetico del segno. La realtà è un andirivieni di rappresentazioni che sembrano condannare l’uomo all’apatia più pura, che lo ipnotizzano mentre lo mutilano, che rendono impossibile lo sviluppo della sua autonomia. Il nostro proposito dev’essere quello di innescare conflitti che pongano la capacità di comunicare al di fuori di tutti questi codici già codificati, di propagare all’interno dell’organizzazione sociale esistente una massa di desideri che essa stessa non sia in grado di soddisfare.

Per ciò, ci pare chiaro che il mondo che vogliamo affossare bisogna smettere di affrontarlo con i suoi stessi termini. Chi ancora si ostina in questa direzione dopo tanti colpi subiti, lo può fare solo per due motivi: o sta tentando di scalare l’organizzazione sociale e raggiungere alcuni privilegi grazie alla sua condizione di dissidente (e sappiamo bene da che parte stia e ciò che merita), oppure è un ignorante che non conosce una premessa fondamentale della rivoluzione: Il potere dialoga solamente con ciò che possiede.

Le nostre possibilità di vittoria richiedono la messa in gioco di un linguaggio e di una logica propri, in modo da dar vita ad un discorso di verità che si configuri come contro-potere e totalmente differente dal discorso totalizzante. Tra i due non potrà esserci nessun tipo di dialogo o di accordo, e non essendoci alcune analogia non c’è possibilità di comunicazione. Il risultato — che spaventa solamente chi ha paura — non può essere altro che lo scontro tra i soggetti in rivolta, armati in un processo di autovalorizzazione che hanno avviato e la prepotenza totalizzante della realtà del consenso. Questo scontro potrà solo significare rottura, sezionamento, senza la minima possibilità di riforma e di miglioramento… vale a dire: violenza, sabotaggio, poesia. L’uso della differenza è la via di fuga che ci permetterà di uscire da questa realtà consensuale.

L’attivazione del dissenso segna una rottura con l’angoscia di una società in cui l’autoalienazione è diventata regola… vivere con la consapevolezza di essere coinvolti in una guerra sarà sempre meglio che esercitare la professione di esistenti, che vivere un tempo del quale si desidera solamente la fine. Rispondiamo con un ardente sì a questa domanda che parte dalle nostre teste: Ci può essere vita prima della morte?

Di fronte alla totalità, solo con la crudeltà si potranno avviare percorsi di liberazione e piacere.

Conosciamo già il discorso che va di moda (made in Italy), che etichetta frettolosamente  la necessità dell’insurrezione con la locuzione qualificativa «metafisica della violenza»; proprio coloro che più si richiamano alla complessità della società attuale sembrano essere quelli che ostentano una maggiore “semplicità” mentale… per quanto possano parlare a vanvera i vari leader dei forum sociali e i giullari mascherati, o quegli intelligenti articoli che scrivono glorie intellettuali di rivoluzioni passate — in un desiderio smodato di avere un ruolo oggi — non rinunciamo alle nostre possibilità e potenzialità. Non accetteremo il pacifismo radicale, né la non-violenza della società civile, né la resistenza legalitaria per la democrazia, né simili sciocchezze. La violenza non è nulla, tanto meno un’etichetta: è qualcosa che è sempre esistita, insieme a noi. Per lo più l’abbiamo sofferta, e alcune volte l’abbiamo utilizzata, come difesa, come attacco; essa stessa sfugge ai presunti discorsi morali di chi vuole incanalare la rivolta ovunque si verifichi. È qualcosa che è insito in noi e che perciò non rigettiamo come non rigettiamo l’uso del nostro intelletto o della nostra malconcia creatività. Manca solo questo…amputarci sempre di più, riprodurre in modo autonomo (sarà questa l’autonomia tanto ricercata dai leader no-global?) la mutilazione capitalista. Noi non adoriamo la violenza, non ci masturbiamo davanti a pistole e a bombe, e tanto meno crediamo che una banda armata possa trasformare il presente. Riteniamo però necessaria la massima efficacia nell’uso delle nostre forze per distruggere questa realtà.

In effetti è ora di fare delle distinzioni nette e mettere in chiaro una volta per tutte chi è per la distruzione del capitalismo e chi no. Bisogna smascherare tutti i falsi detrattori della civiltà borghese… opportunisti, negoziatori, apprendisti politici, neo-socialdemocratici, pompieri…e non lo faremo perché abbiamo la verità in tasca o perché pensiamo che le loro “lotte” non siano valide, ma perché li consideriamo direttamente ingranaggi partecipi e coscienti del miserabile sistema che combattiamo o, il che è lo stesso: non crediamo neanche che “lottino” contro qualcosa. Lo affermiamo senza esitazione, sono nostri nemici.

Aveva ragione chi ha detto che la passività ha sempre avuto bisogno di guide e di esperti: chi strilla che comunque non è tempo di rivolta, ci rivela in anticipo la società per cui sta lavorando. Sappiamo, perché la storia — quella che ci riporta lontano nel tempo e quella più recente — ci chiarisce bene da che parte stanno, che al momento giusto e in condizioni propizie (se capiscono cosa possono ricavarci) ci venderanno a giudici, giornalisti e poliziotti senza il minimo scrupolo.

Esageriamo?Aprite gli occhi signori! e potrete vedere tutti questi ribelli sociali che decantano l’eccellenza e la bontà di lotte violente e armate lontane nel tempo o nello spazio (o nel tempo e nello spazio simultaneamente) criticare e denunciare pratiche rivoluzionarie che si sviluppano nelle loro città, nei loro quartieri, operando distinzioni tra violenti e non violenti, tra innocenti e colpevoli, tra proteste legittime e illegittime. Sono i lacchè più efficienti, che a volte si spingono anche oltre il semplice distinguo fino a svolgere vere compiti di polizia, per la televisione, la radio e la stampa… sono coloro che spianano il cammino alla repressione e meritano solo il nostro disprezzo e la nostra rabbia, a parte tutto il resto. La nostra creatività ha il bel compito di riesumare vecchi conflitti mentre ne fa uscire altri nuovi dalla manica ed è consapevole che lavorando al limite del pragmatismo post-moderno viene concepita in chiave di illegalità: accettiamo di buon grado il fatto che siamo criminali e prepariamoci ad agire come tali. Non ci addentreremo nella farsa dell’auto-giustificazione in nessun modo, non dobbiamo rendere conto dei nostri desideri di fronte a nessuno, siamo coscienti che essendo la nostra lotta non recuperabile — il che è e sarà il migliore segnale che ci indica che stiamo percorrendo la strada giusta — sarà sistematicamente perseguita dalla legge in tutti i modi (polizieschi, rigidamente giudiziari, mediatici, etc).

La ribellione concepisce l’azione fin dagli antipodi della post-modernità, azione intesa non come produzione, ma come unica strada a disposizione per far emergere le nostre qualità di esseri distinti. Siamo attratti dall’idea di vedere il mondo come un grande tavolo da gioco, ed esserne i migliori giocatori è ciò a cui si riduce l’espressione della nostra lotta.

Abbiamo incominciato per comprendere le regole che disciplinano i movimenti dei giocatori-concorrenti, in seguito abbiamo iniziato noi stessi a giocare… stabilendo le strategie in base ai nostri fini e cercando di infrangere quelle leggi che abbiamo incontrato all’inizio del gioco. Siamo consapevoli che vinceremo la partita quando il tavolo andrà in mille pezzi e cominceremo a farlo quando ci muoveremo al di fuori di qualsiasi modello di efficienza mercantile. Agiamo per il piacere, un piacere che aspira ad una vita completa e piena di possibilità. Non vogliamo comunicare con questa società, non abbiamo niente da dirle, vogliamo vederla agonizzare. Per questo, le nostre azioni sono la sua negazione, non possono essere riorganizzate all’interno delle strutture mercantili, non possono essere conformate dal capitale come propria forza produttiva. La nostra protesta non potrà essere trasformata in merce con cui trafficare o contrattare, ricerchiamo la soddisfazione delle nostre eccessive pretese. Sono necessità implicite dell’essere umano, solo che sono state integrate in una società falsa che le ha distorte. Noi l’abbiamo capito e non ci fermeremo finché non avremo una vita che sia capace di soddisfarle.

In un mondo dove il mercato si afferma come il solo scenario della vita, il valore di scambio è l’unico valore possibile e pertanto la totale identificazione tra la società e il capitale è terminata, soltanto la rivoluzione può determinare lo smantellamento definitivo della miserabile e banale quotidianità, la liberazione totale delle passioni e dei desideri repressi.

Accontentarsi è qualcosa che non rientra nei nostri pensieri, abbiamo già avuto sufficiente miseria…

Non cercheremo di rispondere a tutte le domande, giocheremo a lasciarle tutte senza risposta… bisogna agire quando tutti sono in attesa, dire ciò che il nemico non può prevedere, essere dove non ci aspetta. Il compito rivoluzionario oggigiorno non consiste né più né meno che nello strappare via quei veli che coprono le reali condizioni degli sfruttati, arrivando a creare infine quella situazione che renda possibile il terzo assalto proletario alla società delle classi.

Nel nostro rifiuto c’è l’aurora…

 

Testo a cura del Laboratorio di Ricerche Sovversive UHP

Unione compagni psichiatrizzati nella guerra contro la merce!

 

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